10/01/2008
CoBe VERANO




CoBe VERANO a la venta
Muchos ya la esperaban. Y es que CoBe {comer, beber] edición VERANO, ya está a la venta. Como ya lo hicimos en nuestro debut, especial FLORES –y como siempre esperamos que sea– se trata de una entrega lúdica, que aparece cada tres meses, es decir, cada cambio de estación. Como la temporada lo exige, esta vez el especial trató del AGUA. Hay catas de aguas del mundo, así como SB 2007 de Chile y torrontés argentino. También notables entrevistas –al artista Chango Leyton, al chef de Google, Charly Ayers, María Gracia Subercaseaux– apuntes de nuevos gadgets portátiles, Thomas Keller, bares de Baires, cayos venezolanos, nuevos sitios de Chile y Venezuela, nuevas cartas de Santiago y Cartagena de Indias, tips, recetas, visuales y más litros de buena info. Ya lo saben: a la venta en tiendas delikatessen, tabaquerías y especializadas en vinos, de Chile, Venezuela, Argentina y España. Pronto en Colombia y Uruguay. Puntos de venta con direcciones y suscripciones en el sitio oficial: www.cobe.cl
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Opinión / El cliente NO tiene la razón




El cliente
¿Cuánto tiene que ceder un cocinero para darle en el gusto a sus comensales? ¿Mucho, poco o nada?
Por Daniel Greve
Un día me senté en una de sus mesas. Y comenzó el diálogo. Erwan Salaün, el nuevo chef del nuevo Turri –con nueva carta y nueva vista, nueva facha y nueva dinámica– sonaba convencido. Igual que yo. Su señora, en cambio, argumentaba a favor de la clientela. ¿El contexto?: el restaurante del Cerro Concepción de Valparaíso aún tiene una pequeña inercia que lo lleva, inevitablemente, a emparentarse con su pasada cocina, por lo que algunos clientes llegan a menudo por un congrio con papas fritas, con ganas de pedir atún muy cocido o con la burda tentación de ordenar foie gras y echarle prácticamente ketchup. Hasta un punto, hay quienes piensan que quien paga manda, y que, como en gustos no hay nada escrito –pero vaya que hay mucho– ningún cocinero puede ser tirano y exigirle a su clientela qué y cómo comer. A lo soup nazi, de Seinfeld. Y de NY, por cierto, porque de ahí surgió la inspiración. Un capítulo notable del sitcom muestra a medio Manhattan rendido ante la dictadura culinaria de un cocinero que decide qué sopa beberán sus clientes, absolutamente sumisos y dispuestos a pagar lo que sea, e incluso a ser rechazados por el chef. Muchos hacían la fila y no eran atendidos, porque según el soup nazi no lo merecían o porque sencillamente no le daba la gana o no le gustaba su cara.
Aunque suene extremista, lo del soup nazi tiene sentido. Esa sumisión es, a la larga, voluntaria. La adoración de esos paladares por la mano del cocinero los hace correr el riesgo. Y a eso no están obligados. Volviendo a Chile, a la Quinta Región , a Valparaíso y al Turri, la cosa anda por ahí. Nadie es forzado a sentarse en su mesa, como tampoco nadie puede ser tan irrespetuoso como para pedir un atún ultra cocido en un sitio que no lo prepara así. Si es eso lo que quiere, hay muchos supermercados con atún en lata. Si quiere foie gras con ketchup, bien, que haga eso en su casa con el paté de ternera. Se ahorrará la discusión, como también dinero. Tampoco estará doblándole la mano a la filosofía del restaurante. Y es que el cliente, por más cliente que sea, debe entender que entra a cada restaurante porque de él se desprende un concepto, y no es precisamente el dinero lo que puede hacer que pierda sentido, que mute según el billete de turno, que se acomode a cada pedido despistado. A nadie se le ocurriría entrar a una farmacia y exigir una pizza, y, como refuerzo, añadir que “está pagando por ella”. Y probablemente a muy pocos se les ocurriría pedir rock en medio de un concierto de música clásica. O pagar el concierto de Beck y exigir que el show sea totalmente acústico. De la misma forma, en el restaurante francés se comerá al estilo del cocinero francés, y no al de una rara cruza criolla que nada tiene que ver con fusiones improvisadas.
Erwan hace, además, énfasis en un aspecto no menor: ¿Y qué tal si un cliente pide un plato de una carne recocida, porque esa es su voluntad y, a pesar de darle en el gusto, no queda conforme? No hay dudas del resultado: el cocinero tendrá la culpa. Y la percepción del lugar será igualmente negativa. Y es que, muchas veces, el cliente anda en busca de un resultado, pero quiere intervenir en el proceso –porque lo desconoce o por mera intuición– y termina recibiendo un plato que no cumple sus expectativas. Entonces, ¿por qué no respetar la esencia de cada lugar? ¿Por qué intentar romper el concepto, el espíritu, el manual de estilo del sitio, cuando para ello tenemos nuestra propia casa o, en su defecto, otros cientos de restaurantes que de seguro se acercarán más a nuestros gustos? Somos clientes. Y pagamos para ser atendidos, en todo sentido. Pero somos clientes que, lo queramos o no, nos sentamos en la mesa del restaurante sabiendo de antemano de qué se trata todo. O casi todo. Sería absurdo sentarse en el estupendo Miraolas y exclamar: ¡Uy, qué pasó con mi lomo vetado! O pedirle a Xavier Zabala, del Infante 51, que le dé un alfonsino bien cocido, porque de seguro será la primera y última vez que lo diga en vida. Es importante que, como clientes, sepamos valorar el estilo, la marca propia. Mal que mal, es justamente ese carácter, ese sello de autor, esa leve y exquisita tiranía la que andamos buscando entre fogones y mandiles. Es la firma reconocible la que está escaseando. Y no puede diluirse en pequeños caprichos intermitentes y desorganizados que no hacen otra cosa que intentar homogeneizar la cocina contemporánea.
03:39 Anotado en Planetavino.com | Permalink | Comentarios (2) | Enviar a Email | Tags: cliente, restaurante, chile, santiago, greve, turri, servicio
28/08/2007
Guía Gastronómica de Valparaíso
Nadie le quita lo comido y lo bailado al cronista Carlos Reyes. Como estudió en Valparaíso y luego trabajó en la capital, la nostalgia le hizo guiños para volver a la ciudad-puerto, donde ahora reside. Y come. Así, con una autoridad en la zona que nadie desafía, lo de Reyes pasa por recorrer la ciudad de cerro a costa analizando ambientes, degustando cartas, certificando maridajes, rescatando anécdotas y registrando datos prácticos, desde la capacidad y el precio promedio de los sitios hasta las formas de pago, horarios y platos destacados. En la guía, cuya primera edición es bilingüe, hay 71 restaurantes porteños, divididos en zonas –desde el plano hasta el área patrimonial– descritos con soltura y calificados según su calidad integral, de uno a cinco cubiertos. Quien haya leído el blog culinario del cronista (http://unocome.blogspot.com) se familiarizará con el relato fresco y preciso, como también de su aleatoria fotografía. En las últimas páginas se puede adelantar quiénes fueron los mejores evaluados. ¿Quieren una avanzada? El puñado es ecléctico: desde el impecable Pasta e Vino –para mi gusto, el mejor de la comarca– hasta el insólitamente hogareño Los Deportistas. Vale mucho la pena esta selección, sobre todo si nos da la oportunidad, además de enterarnos de cuáles son los imperdibles de Valparaíso, de profundizar en la historia de sus elementos más emblemáticos, como el pan batido, la chorrillana o los licores digestivos, cada uno con su respectiva historia. Y créanme, Valparaíso sí que las tiene.
A la venta en tiendas El Mundo del Vino a 5.990 pesos [12 USD].
07:47 Anotado en Qué Pasa | Permalink | Comentarios (5) | Enviar a Email
15/08/2007
Venezuela




Me he estado dando unas vueltas alucinantes por la cocina venezolana. Partí en Chile comiendo arepas -en Jumbo venden Harina Pan- pero aquí probé las de verdad. En Valencia fui por unas del Q'Arepa, donde venden rellenas con mechada, mechada llanera (con pimentón, ají, cebollas), chicharronadas (piel de cerdo cocida, muy grasa -me quedo con la frita y crujiente-) y reina pepiada (palta o aguacate, pollo, queso blanco) y todo tipo de quesos blancos, como queso telita, queso mano, queso guayanés y cuajada. Camino a Caracas pasamos por la Encrujicada -donde paran los camioneros que vienen de 5 puntos distintos del país- a comer sánguches de pernil, de los mejores que he probado. Anoche pasamos por unas carnes a las varas, y complementamos con patacones, yucas fritas, arepas, bienmesabe... Y cómo olvidar la receta del Pabellón Criollo de la señora Ana, donde la clave está en la sazón de las caraotas y el onoto (aliño muy, muy venezolano) que lleva la carne mechada...o los postres típicos de la pastelería Danubio que probé con mi colega de MilSabores.net.
Les dejo la selección de mi amigo Sumito Estévez, esta vez con una ruta de restauración ya más acotada y refinada. Escrita para la revista Qué Pasa de Chile.
Caracas según Sumito
El ejercicio fue fácil. Viajé hasta Venezuela para que el cocinero local Sumito Estévez escogiera sus tres restaurantes favoritos de Caracas. Lo hizo, sin chistar. Lo acompañé. Primero, a buscar sitios que hablasen de una cocina caraqueña con personalidad y, luego, a comulgar con aquellos que representasen una corriente generacional potente. Los elegidos:
Mokambo
Av. Madrid esquina Monterrey, Las Mercedes. F: 0212-9912577
Mokambo evoca a África, y si bien su comida nada tiene que ver con esos sabores y ese tono salvaje, su propuesta se atreve a un buen safari culinario amplio y, casi siempre, certero. Sumito lo recomienda por su cocina amable, por su ambiente, por su servicio, por su concepto de café-mercado que aterriza en la venta de verduras frescas y conservas en tono de emporio. Puedo decir que en su cocina hay grandes aciertos. Su Risotto de azafrán y langostinos no logra la consistencia ni el efecto, pero el Carpaccio de pez espada (3.000 pesos chilenos) con wakame –alga japonesa– es excepcional, fino y fresco, marinado en mandarina, limón y vinagreta de tres semillas, acompañado de hilos de calabaza e hinojo, además de lechugas frescas y cilantro. Otro acierto que se asoma entre los oscuros comedores, llenos de plantas exóticas y adornos tribales, son los Gnoccis de yuca (3.600 pesos chilenos), muy sabrosos y verdaderos, salteados con cordero lechal y merey –fruto seco similar a la castaña de cajú o a un gran maní–, acompañado de cebollas caramelizadas y crema de tomillo, fina y necesaria. Buenas ideas para redondear el viaje son la Torta de queso criolla y el Quesillo de guanábana –algo así como una leche asada con chirimoya– con una copa de Saruro, o licor de ron añejo. Bon voyage.
Yantar
6ta Transversal, Cuadra Gastronómica, Palos Grandes. F: 0212-2868080
La cocina de Yantar, a cargo del talentoso cocinero Enrique Limardo, es una excelente síntesis de la cocina caraqueña con técnicas heredadas de España. Están los ingredientes autóctonos, las recetas de antaño, pero hechas con tecnología y filosofía europeas. En un ambiente relajado pero bien montado, la cocina de Limardo se abre paso con los Tequeños de hojaldre (3.500 pesos chilenos), rellenos con queso blanco Palmita y acompañados con picante de papaya y yogurt, exquisitos y simples; y los Montaditos mar y montaña (3.500 pesos chilenos) –tapa muy catalana–, con pan de morcilla, langostinos, cebolla y pimentones, exquisitamente tosco, sabroso; para rematar en delicias como el Lechón en dos cocciones (6.500 pesos chilenos), con puré de papas de queso azul y gratin de peras y aceite de ciboulette, una mezcla certera, segura, para una carne crocante por fuera y dócil y jugosa por dentro. Los postres también exigen aprobación, y es donde Sumito siente más a su Venezuela querida: Crema volteada en infusión de queso de cabra con crema de moras, Delirio de parchita –o maracuyá– o la Trilogía venezolana, con majarete criollo –similar al manjar– helado de queso telita y jarabe de papelón, similar a la chancaca. Todo para yantar y guardar en el disco duro, porque la aproximación a la cocina local es de las buenas.
Shayará
1era Avenida con 1era Transversal, Palos Grandes. F: 0212-2850395
Eduardo Moreno es el cocinero más polémico de Venezuela. La oveja negra, la versión latina de The Soup Nazi que la serie Seinfeld hizo universal. Moreno, deslenguado y sin filtros, desarrolla una cocina de autor moderna, astuta e insolente –quizás la más osada y menos netamente venezolana– puesta en un contexto futurista y traslúcido. Ahí, en su cocina-laboratorio-factoría se desarrolla la gastronomía más tecnológica de todo el país. Sumito dice que se trata de una cocina “más intelectual”. Y toda esa inventiva, esa propuesta gustativa y al mismo tiempo neuronal, abraza el formato de menú-degustación. Una que, sólo por curiosidad, cuesta 60 mil pesos por persona. Nunca un detalle. Pero lo que llega a cambio vale la pena, y de verdad sorprende: Aceitunas con centro líquido; Pasta Cipriani con espuma de Parmesano, huevo de codorniz y jamón en polvo; Grissines caramelizados con tocino; Tortelonis de bacalao con crema de limón y sal roja de Hawaii; Carpaccio de foie gras con sal trufada; Sándwich de cochinillo con tempura de brotes; Cordero en concha de Parmesano y brotes de remolacha con ragout de salchichas; croquetas de queso Manchego y membrillo. En fin, toda una artillería actual y soberbia que vale la pena conocer, sobre todo cuando importan las sorpresas y los estímulos más que acercarse a los sabores venezolanos más íntimos.
13:05 Anotado en Random TXT | Permalink | Comentarios (2) | Enviar a Email | Tags: venezuela, greve, milsabores, viaje, arepa, yuca
13/08/2007
Sushis




Sushi: verdaderos y falsos
Buenos y malos sushis. Héroes y antihéroes de los sabores nipones. Representantes y representontos de una cocina milenaria y, hasta ahora, saturada y no del todo comprendida.
Por Daniel Greve
Una vez aposté por el thai. Dije que sería el relevo a la comida japonesa, justo en el momento en que a Santiago, repentinamente, se le sumaron el Magnolia, Origami, Alma y Kÿ al entonces monopólico Anakena. Pero lo dije quizás porque estaba aburrido de tanto contagio, de tanta proliferación de sitios mal concebidos, de sabores repetidos y adaptados sin gracia, sin lógica y sin pasión. Lo dije y me equivoqué. No sólo cerró un par, sino que los japoneses suman y abultan. Y con ese mismo espíritu masivo y errático. Pasa que Santiago tiene toneladas de sushi. A granel. Y casi nada de lo que abunda es una inyección que sana. Por el contrario, los restaurantes japoneses que ofrecen sushi de verdad, ese que nos emociona, que nos sorprende, que nos entrega un sabor inesperado o, por el contrario, que nos regresa ese estímulo conocido y adorado que queremos repetir, son pocos. Poquísimos. Cómo no comenzar con el Japón, el pionero, que se instaló con valiosa porfía a mediados de los setenta, acuñando un surrealista género gastronómico. Hoy sigue siendo de los mejores, si es que no se conjuga en singular, y su adaptación a los tiempos es notable: por fuera, el tiempo no ha pasado. Por dentro, la fantasía se torna realista y se ve que evolucionó sin traicionarse a sí mismo.
El Shoogun es otro de los elegidos. Ahí se come comida japonesa auténtica, sin clonar, desde mejillas de pescado hasta natto –granos de soya fermentados con bacterias, muy fuertes, y que se comen con huevo crudo– y sus cortes de maguro, o atún, son también de los mejores de la ciudad. La destreza del maestro y su cuchillo en el Shoogun es impía. Y hay más. El Matsuri y sus cajas de arroz, sus sopas, sus udon; el Sushihana y sus buenos tempuras; el Ichiban y su oferta interminable de rollos modernos y ensamblados con maestría, además de sus fidedignos zaru soba, o fideos integrales fríos en caldo especiado; el Umai y su propuesta nikkei –que mezcla sabores peruanos y japoneses–; el Sakura y sus fusiones casi siempre asertivas y en todos los casos osadas, donde hasta los sabores mediterráneos tienen espacio; el Kintaro, con ese espíritu de picada y esa comida simple y verdadera; e incluso caben en esta lista sitios baratos pero efectivos como el Sushi House, donde la calidad trata de ajustarse al máximo para lograr un buen precio. Todos ellos logran, de una forma u otra, representar un estilo, una técnica, una mística, y extrapolarla a su realidad más cercana. Y cada uno es, por lo mismo, líder y guía en sus respectivas categorías.
El lado oscuro, el más grande por cierto, lo compone una raza que vio en el sushi sólo un negocio, una forma moderna de hacer trueque cambiando arroz apelmasado con pescado crudo por billetes y monedas. Todavía recuerdo la falta de higiene del Sushi Factory, aún en Vitacura al llegar al Canal San Carlos –vaya contexto– donde se dan el lujo de exhibir en vitrina toda la inmundicia de la cocina y cómo los cocineros se echan a la boca los retazos de los rollos. El resultado no podía ser otro: falta de sabor, de carácter, de autenticidad –y en su defecto de originalidad, siempre es lo uno o lo otro– y de calidad de materia prima, por cierto. El mismo fenómeno replica Sushita, que insiste en reventar el mercado con precios ridículos –como lo hace La Piccola Italia en su nicho– y que son, por lo mismo, imposibles de replicar con calidad. Y es que lo de Sushita es, en el fondo, vender arroz enchulado. Algo de kanikama, ciboulette o pescado entra en sus rolls, pero el arroz, nunca hecho como corresponde, es la materia dominante. Como ocurrió alguna vez en el desaparecido City Wok.
Lo mismo, aunque no tan dramático, pasa en Mizu, que no elige buenos ingredientes y que, para montar el sushi bar, pone a los maestros más lacónicos y parcos que encuentra, cuando la barra es, por obligación, sinónimo de interacción, de primera fila, de espectáculo humano a escala humana. O con el delivery del Akai, que resulta desfasado y engañoso, pues los rollos a domicilio –por una extraña razón– no tienen coherencia alguna con los que uno podría llevarse en formato pick-up. Y así, la lista se torna más espesa con todos los sitios erráticos que han pasado bajo el puente: Rolls Bar, Sushito, Why Not, Too Much y todos esos nombres descontextualizados que configuran sitios mejor amarrados en ambientación y diseño que en comida, que es lo que nos convoca. Las gyosas, en estos lugares, jamás son caseras: todas las compran por kilos a los grandes distribuidores de Patronato, por lo que evaluarlas es irrelevante.
Ya lo dije: me equivoqué con el thai, y lo admito. Pero ahora pongo en el frente la necesidad de depurar la cocina japonesa en Chile que, por lo visto, sigue creciendo a un punto de saturación que nos puede pasar la cuenta. ¿Por qué no apelar a los equilibrios? ¿Por qué no estudiar un poco la técnica? ¿Por qué no montar un concepto de verdad potente, ya sea fiel a la tradición o novedoso por donde se le mire? ¿Por qué gastar lo que no se tiene en diseño, y traspasar esos números rojos a la materia prima? De que el grueso de su representación está mal, sino desenfocada, es un fact, una realidad que no podemos tapar con wasabi.
00:10 Permalink | Comentarios (4) | Enviar a Email | Tags: sushi factory, japon, ichiban, shoogun, sashimi, greve
22/06/2007
Boragó
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Dos punto cero
Boragó es la revancha personal de Rodolfo Guzmán. Aquí, con apenas una decena de mesas, el ex cocinero de Makandal agarra pinzas y perfecciona su estilo.
Por Daniel Greve
Probablemente lo habíamos relacionado mal. Cuando todos los cronistas comenzamos a etiquetar las nuevas cocinas abrazadas por la palabra vanguardia, la traducción, sin ser literal, fue de cocina molecular, deconstrucción y todas las alucinaciones científicas impulsadas por Hervé This y popularizadas con maestría por Ferran Adrià. “Conciencia de ciencia”, sin filtros y con un hambre de un conocimiento hasta ahora dejado sólo a experimentos, fuera de las cocinas y dentro de reservados laboratorios. Lo habíamos relacionado mal, porque para el joven cocinero Rodolfo Guzmán, alguna vez a la cabeza del interesante pero contradictorio restaurante Makandal, las flores, hierbas y productos impolutos son y habían sido más importantes que todo el impresionante repertorio de técnicas con las que trabaja incluso hasta ahora. Y para demostrarlo se fue en solitario, con muchos solos de guitarra y todas las luces del escenario, para gritar Boragó. Y ahí está. Flamante y pequeño, listo para impresionar.
En este nuevo proyecto, nuevo emprendimiento, nueva osadía y nueva carta para no más de 40 personas al unísono, Guzmán supera con holgura el principal error de Makandal: concentrar su oferta en los menú-degustación. Está claro que, bajo ese sistema –precio fijo, serie de bocados– la experiencia cerraba su propia puerta: ¿cuántas veces a la semana, o al mes, o al año querremos repetir una experiencia así de potente, en lugar de simplemente ir a comer? Posiblemente sólo una vez. O un par de veces. Quizás sólo un par en la vida. En Boragó, en cambio, las posibilidades son mixtas: está el menú degustación, en formatos de 8 y 16 tiempos, como también cada una de las preparaciones por separado. Es verdad, no se trata de esa cocina directa y encantadora por lo simple y gustosa, pero a cambio el cocinero entrega todo un Pantone de juguetes emocionantes y digeribles.
Todo comienza con un par de remasterizaciones, de autoplagios: el Aceite y ají explosivo con tomate y carbón vegetal, donde un esponjoso pan para untar descansa sobre la mezcla de elementos, que chicharrea como Petazetas en un simulacro de sonido –y efecto– de una parrilla, trabajado en su versión original con foie gras; y el Lazo de papa y tinta de sésamo / tomate sobre nueces de ostión, flores de caléndula y huacatay, también parecido al original: esta vez igualmente suave y sorprendente en texturas, pero insípido en sabores. Donde los estímulos adquieren más emoción es con las Ostras cítricas con gelée natural de kaki, que le regala una sensación alcalina, eléctrica y levemente sedante en boca, con un efecto parecido al de la Leche Elécrica de El Bulli –donde también recomiendan no beber nada hasta que se pase el efecto, para domesticar el paladar y que el retrogusto no se torne excesivamente molesto–. Todo esto suena a experimento. Muy posible a bocados de astronauta. Pero hay que admitir que la pericia es evidente, los sabores nuevos y la experiencia interesante.
Lo otro: un plato llamado A la parrilla sin ser cocinado a la parrilla. ¿Otro pleonasmo? ¿Otra contradicción? Nada de eso. Se trata de una merluza cocinada a la plancha que, con la adición de carbón vegetal –sí, es cierto, se repite el special effect– da la sensación de asado en la boca. Lo acompañan, para reforzar, clorofila ahumada y flor de ajo chino. La textura del pescado intacta; su sabor, balanceado; y la composición divina. Pasan, muy correctamente aunque sin impresionar, un filete ahumado en canela, con betarragas en estado germinativo –esto sí muy interesante, ya que el brote burdeo eléctrico concentra todo el sabor en clave tierna– y una Falsa mozzarella –es, en realidad, queso Vieux Pané procesado con sal cítrica–. Rematan sublimes y certeros el último fondo y dos postres: Pasto genético “criado” sobre palta avainillada y brotes, novedoso e interesante, de una composición finísima y puesto sobre una modular roca, como si fuese un paisaje en miniatura; Helado de manjar pisco/anís con arena de miel y flores de otoño, muy bien logrado y con cada elemento diferenciado en sabor y textura; y un Frío Glacial, una esfera de chocolate hecha a 196,5 grados bajo cero –homenaje a Michel Bras–, con centro líquido perfecto, coco, sésamo y polvo de rosas. ¿El valor? Por una degustación como esta, unos 30 mil pesos por persona.
Cada plato va con su vino y, en general, las propuestas del sommelier son atinadas y, aunque poco riesgosas, asertivas. Si Guzmán fuese músico, daría para pensar que sus creaciones fueron producto de una nueva excursión con LSD. Pero quién más sano, lúcido y más alejado de esos delirios que Guzmán. Por el contrario, esculpió a mano –eso es, literalmente, a pulso– varias de las columnas, la cava y montó muchos de sus aparatosos aparatos –entre ellos, una envidiable Rational– por lo que la conclusión es otra: las voladuras, las metáforas comestibles, los espejismos organolépticos no son otra cosa que el resultado de una refinada y exquisita manía perfeccionista. Ya lo saben: ha nacido un nuevo apasionado.
Boragó
Av. Vitacura 8369
Reservas: 2248278
www.borago.cl
02:27 Anotado en Planetavino.com | Permalink | Comentarios (5) | Trackbacks (0) | Enviar a Email | Tags: boragó, restaurant. molecular, rodolfo, guzmán, vitacura









